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EL CONTADOR DE CUENTOS

El anciano hizo amago de marcharse. Recogió su viejo bombín, rebosante de monedas que los mayores habían depositado durante el espectáculo, en un intento de pagar lo impagable: la fusión de la experiencia y los sabios consejos conducidos por talento e ingenio. El anciano fue colocando en una bolsita las monedas y ordenando los billetes. Observé que dos niños permanecían clavados en el lugar, reclamando la atención del anciano con la mirada, luchando contra el apuro de sus madres. Al percibir su llamada, les dedicó una sonrisa y les convocó para verse el próximo sábado. El varón, obediente, se dejó llevar por la mamá. La hembra, en un arranque de espontaneidad se le colgó al cuello y le estampó un enorme beso en la mejilla, para correr segundos después a refugiarse en brazos de su madre, despidiéndose con un gesto de manos y un enorme gracias que brotó desde el fondo de su garganta. El anciano se emocionó, se le notó en el temblor de su mirada, quizás esa era la recompensa que él codiciaba, quizás la que todo contador de cuentos debería saber apreciar. Con la imagen aún en la retina, me levanté para marchar:


— Cuenta bonito. Sus relatos me recuerdan a los de mi viejo. -Me escuché diciendo.

El comentario surgió de mis labios muy, pero que muy bajito, como si hablara conmigo misma, pero fue escuchado por el anciano, que viró su rostro hacia mí. Creo que en ese instante descubrió mi existencia. Permanecí petrificada en el lugar observando como me hacía señas con las manos para que esperara. Le vi buscando en un gran bolso, del que como si de un sombrero mágico se tratara, el hombrecillo sacaba papeles, libritos pequeños, lápices, globos…, hasta encontrar lo que buscaba. Lo noté por la felicidad de su rostro. Sin titubear me entregó aquel papelito que hoy de nuevo volvía a hallarse entre mis manos. Pensé que ya era hora de irme y de echar mi pequeño donativo en su bombín.


—Es un regalo. No todos los días me encuentro a un joven que sabe apreciar las arrugas –me aseguró, reteniendo mi mano en el aire, pidiéndome que guardara mi dinero-. Es tan fácil contar un cuento a un niño y tan difícil conocer a un adulto que escuche cuentos…


El Contador de Cuentos_Susana Monís



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