MARY Y LA CASA HABITADA

Actualizado: 2 de dic de 2020

La sentía su mejor hallazgo. Habitarla y dejarse habitar, su decisión más inteligente. Fue verla y saber que estaba hecha a su medida: Sin muchas pretensiones, pequeña, manejable, con mucha luz, como a ella le gustaba, y en una ediificación cargada de historia, a sus ciento cincuenta años recién cumplidos, y que, como decía Sofía, era:

Vieja, SI, pero acabada, NO!!  

Los años le había proporcionado cierto confort y el ascensor, formar parte del hoy sin perder el encanto, pero de lo que siempre estuvo orgullosa y presumió, fue de las personas que la habían vivido. De Pancho, una mente brillante para negocios; de Rosa, una maga de la comunicación; de Felipe y su arte para sacarte una sonrisa, del eco de las carcajadas que se extendía y hasta se respiraba por toda ella... Tod@s eran talentosos, pero quien impregnaba de recuerdos sus muros era aquella rubia con el cabello recogido y una amplia y cálida sonrisa que marchó hacía ya una veintena de años. Bajita, con un cuerpo sin aristas, bello en sus redondeces, vestidas siempre de una discreción exquisita. El tiempo con ella lo disfrutó a rabiar. Hasta su nombre le gustaba. Tan cercano, tan familiar...MARY


Su talento: la habilidad de ganarse el cariño de la gente, una facilidad increíble de hacer la vida agradable a los otros. Entre sus incondicionales se contaban las vecinas, los comerciantes de la zona y, por supuesto, las flores y las plantas de su terraza que lucían para ella sus mejores colores. Y no nos podemos olvidar del Pecas, el moteado perro de aguas que será su sombra y no pudo soportar su ausencia, corriendo tras ella cuando el cáncer se la llevó.



Al barrio entero le costó aceptar su adiós.  Difícil que se conformara con el recuerdo quien disfrutó de su energía.

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