La Ultima Mentira

"... Esa última mentira fue esa gota que rebosó el vaso e hizo saltar a escena a la obstinación y el agotamiento acumulados, que alcanzaron papel de protagónicos, despertando el poquito de orgullo que le quedaba a una Pepa resentida de su propio destino, consumida de aguantar.


Sin espavientos ni alharacas, asumió el camino a tomar mientras cerraba oídos al cansino monólogo de su marido, extendido en progresión geométrica al tiempo ¿Para qué gastar garganta en apagar una candela de estúpidas peleas que ella nunca iniciaba? Virando la espalda a aquella pesada mochila, convencida de su sin sentido, dejó plantado a Carlos y marchó al dormitorio. Buscó un par de “adidas”, los cómodos. Se tomó el tiempo del mundo en amarrar con doble nudo los cordones. No quería contratiempos en su partida… ¿qué importaba invertir en aquel acto un par de minutos más? El izquierdo se le trabó. Lo ató de nuevo, con calma…. Si algo había aprendido a derrochar en estos años había sido paciencia...


Carlos no la quería dejar marchar así. Con el paladar calentito, pretendió seguir en la “peleíta”, pero la Pepa no tenía intención de prestar un segundo más de su precioso tiempo a esa sin razón. Demasiada vida perdida... Evitando el contacto visual con su esposo, acabó de ponerse los tenis y se dirigió al baño, cerrando la puerta con pestillo. Se lavó la cara echando abundante agua fría en cuello y muñecas, y tratando de calmar nervios y miedos. Deseando maquillar el ánimo, recompuso su imagen frente al espejo y, en unos minutos, creyó estar lista para volver a la palestra. Con la cabeza bien alta y una meta fijada en su disco duro: largarse, salió del baño y marchó con paso firme a por su cazadora. Carlos, serio, metido en un profundo y pesado silencio la seguía con la mirada, a una Pepa acelerada que intentaba agilizar su marcha y sólo escuchaba los latidos de sus propias sienes, la cabeza a punto de estallar y un corazón que se le salía del cuerpo.


Mientras se ponía la cazadora buscó su inseparable compañero de batallas: un enorme bolso rojo con remates en negro. Lo encontró, atrincherado entre varios cojines en el sofá, escondiéndose de la discusión. Respiró aliviada. Imposible marchar sin él. El era su tranquilidad, su maletín de primeros auxilios, donde guardaba las cosas más locas y las más necesarias. Se lo cruzó a modo de bandolera, como siempre y, sabiéndose a punto de volar se entretuvo unos segundos en tirar un último “looping” a un presente del que marchaba con la convicción de que no volvería a verlo más. Ese fue su error.... "


Triangulo Singular_ Susana Monís


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