EL PRINCIPIO DEL FIN

Actualizado: jul 24

Aquella bronca no era especial. La alteración de Carlos no sorprendía a una Pepa, empachada por discusiones que día a día elevaban tono. Caricias, complicidad, respeto, ternura o curiosidad formaban parte de un reino del que fueron expulsados demasiado tiempo atrás, y, al que ni siquiera en vacaciones, se les permitía regresar.


El veneno de un ahora sin sazón, condimentado por ese ayer que prometía tanto y no fue, les obligó a engavetar proyectos en el baúl de los imposibles, mientras, la pasión caía de forma vertiginosa en coma irreversible. Solo la costumbre les mantenía unidos. Desesperados por sobrevivir al cataclismo, navegaron en universos paralelos, tendientes a distanciarse en el infinito. Choques y fricciones eran el plato del día. Un Carlos, subidito de ego, elegía “cuándo” y “cómo” generar conflictos de todos los colores y sabores posibles, hasta aplastar el ánimo y las fuerzas de su compañera. Lo que antaño fue envidiado, ahora pintaba bastos. Las discusiones dieron lugar a pequeñas y esporádicas faltas de respeto, que, crecieron y se multiplicaron en el tiempo, hasta convertirse en un elemento más de la comunicación doméstica. Miradas de reproche, silencios incómodos, gritos, incluso, insultos escupidos al aire, sin ton nison, por un arrogante Carlos; e interpretados, en décimas de segundo, por su esposa, quien, de inmediato, se ubicaba en el lugar exacto para evitar problemas. Pero cuando mucho aguantas, ¡¡EXPLOTAS!! Y eso le pasó a la Pepa…


Quizás no lo hizo en el momento adecuado, quizás ese disgusto no era el más sangrante, sin embargo, empujó a escena a la obstinación y el agotamiento, que ocuparon roles protagónicos en la relación.  En ese instante la Pepa, resentida con el destino, asqueada de su malvivir, aceptó su verdad: ¡¡Había llegado EL PRINCIPIO DEL FIN!!





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