EL MUNDO OCULTO DE AMANDA

Hay personas que disfrutan viajando, otras poseyendo una casa o un coche fabuloso, Amanda era feliz inventando. Pocas personas conseguían encontrar la magia de lo corriente, sorpresas en la espesa rutina, pero Amanda, si. Su mente era asaltada por una ironía acá, una ternura inimaginable allá. Piedad, amor, crueldad, miedo, pasión, habían sido vividos en uno u otro momento por alguno de sus personajes, esos que ahora NO acudían a su cita.


Desahogaba sus fantasmas, convirtiéndolos en los personajes de sus cuentos. Retrataba su alma en cada garabato. Miedos, inquietudes, fantasías, quedaban atrapadas por un finísimo hilo de tinta que como fuerte soga les encadenaba de por siempre a un simple y pequeño folio. Era la única forma que conocía para desprenderse de frustraciones, miserias, o hacer realidad sus sueños. Regresaba relajada a su rutina, hasta que detectaba nuevos fantasmas, o quizás los mismos paridos en distinta época, vestidos con otros ropajes, y volvía a sentir la necesidad de expulsarlos de su interior.



Vivía a horcajadas de dos mundos:  Uno completaba al otro. Su vida tenía sentido como fuente de una fantasía que era el motor de su vida.


Aquella tarde llovía. Había estado lloviendo todo el puñetero día. Encerrada en la casa, ante su vieja mesa de estudio, con la vista fija en el folio, su mundo interior se revolvía inquieto buscando la primera palabra, el primer hilo que desenrollara la madeja. Empezaba a impacientarse. Su bolígrafo hacía dibujitos, rallajos y círculos en lugar de sus buscadas descargas. El Timbre del portero automático insistente, machacón, insistente, le avisó que eran las 12 de la mañana, que el tiempo volaba, que había quedado con su hermana, que la vida no se detenía y que tenía que conectarse a ella.




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