LA EDAD DE LA PESETA...

Actualizado: jul 11

Cada mañana derrochaba kilos de paciencia sentada en el auto esperando  que mi hija estuviera lista y llevarla al cole.  No entendía cual era su problema.... El despertador sonaba a la misma hora para ambas, pero, mientras yo, en perpetuo estrés, hacía el desayuno, preparaba su comida, me bañaba, vestía, apagaba luces y sacaba el auto del garaje, mi adolescente preferida, vestida de una infinita y desesperante calma, quedaba atrapada en un triángulo diabólico, baño-espejo-armario, del que era imposible sacarla. 


Hoy, siguiendo el mismo patrón de todos los días, llevaba varios minutos en el carro en una espera que me desesperaba.  Toqué el claxon una, dos, tres veces. A la cuarta obtuve respuesta: Ella, irritada por las formas, contestaba, con voz crispada:


"¡¡ YA VOYYYY. No soy sorda!!"


Un par de minutos después, cuán gallito de pelea cerraba la verja del jardín y con una parsimonia impresionante se montaba en mi carro, protegida por un buen escudo anti balas: sus auriculares, de los que salía un violento hip-hop, que más que música era una arenga. Sin mirarme, se acomodó en el asiento y, a pesar de la calor y que el aire acondicionado lo tenía estropeado, cerró a cal y canto su ventana, con miedo a que un rizo se le cambiara de lugar. Me pilló de buenas, e ignorando los 40 grados a los que nos sometía y  su actitud desafiante, opté por morderme la lengua ¿Para qué gastar saliva? Mis regaños le entraban por un oído y le salían por el otro, sin masticarlos, ni digerirlos. Su cabecita estaba en otra cosa.

Me puse la gorra de chófer, que era como me veía mi hija y arranqué. Los semáforos se me dieron bien, y volé por 5ª . En dos minutos me planté en la puerta de su escuela. Antes de bajarse del jeep me sopló un famélico y desganado beso, de los que, horrorizada, había visto dar a otros padres y siempre creí que no tendría que soportar, pero, ¡Que vá!... su comportamiento era idéntico al de sus compañeras, parecían cortadas todas por el mismo patrón, y al parecer, a todos los padres, antes o después, nos tocaba vivir lo mismo. Saber que no estaba sola, no me hacía feliz pero me tranquilizaba. Un fuerte portazo puso punto final a la despedida.


¡¡OYEEEEE, La puerta no tiene la culpa de tus males!!"- le grité de forma automática .


Mi hija, sin escuchar, se mezcló hasta perderse. Dolía el distanciamiento, su actitud prepotente, tan repentina. No me acostumbraba… Extrañaba  mi niña, de risa contagiosa y beso fácil, de arrumacos que expropiaba mi voluntad, pegada a mi siempre, cual ventosa, esa que me idolatraba y que descarada se colaba en mi universo… La adolescencia nos golpeaba fuerte y ni ella misma se soportaba. Yo buscaba no perder los estribos con estupideces y dejar la puerta abierta para, llegado el momento, que confiara en mi y poder ayudarla a recomponer sus pedacitos… pero se me hacía difícil enfrentar su proceso de mutación: Su cuerpazo era una prueba evidente del cambio físico.  Su hermetismo, así como su constante y pasional relación con el espejo, eran alertas inequívocas de que “algo” se estaba cociendo en su interior. El desequilibrio hormonal al que estaba sometida, me lo avisaba su viperina lengua, esa que golpeaba de forma implacable mi mundo, por viejo y obsoleto,  a la primera oportunidad que se le presentaba. Incapaz de aceptar crítica alguna, con una susceptibilidad a flor de piel. Lloraba por todo ¡Ahora era cuando se complicaba eso de ser madre!… Recordaba mi papá cuando a mis trece me preguntaba:  "En que momento dejé de ser tu dios y me he convertido en trapeador de piso". Seguramente lo mismo que ahora yo era para mi hija. 


Me encontraba tan ensimismada en mis pensamientos que el claxon de otro papá tuvo que pitar con insistencia para devolverme a la realidad  y darme cuenta que estaba interrumpiendo el tráfico. De forma automática, pedí con un gesto excusas, encloche, puse primera y salí disparada para el trabajo. Cuando el carro cogió el túnel de 5ª y tomé el Malecón aparqué los problemas familiares y me quite el traje de madre preocupada, y me dejé envolver por una Habana con una luminosidad tan especial…su luz, su forma desenfadada de enfrentar su decadencia, despejó mi mente. Aceleré. La carretera la sentía mía.  Abrí las ventanas de par en par y a brisa entró y despejó mi cabeza.  Me concentré en disfrutar  mi ratito de libertad, antes de vestirme con la máscara del trabajo.  Había que exprimir estos minutos que en nada tocaba lo que tocaba...  





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