MAL SUEÑO

Actualizado: nov 10


Absurdo el universo de las sensaciones, siempre unos pasitos por delante, oteando el camino. En raras ocasiones, mi razón está de acuerdo con sus valoraciones.  Esa engreída, egocéntrica, olvida que los sentimientos son su combustible y la intuición y la experiencia, sus mejores guías. 

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Cogida aún por un mal sueño, me levanté como una autómata. Fue poner los pies en el piso y me asaltó un desagradable escalofrío que, a velocidad del rayo me atravesó. Sabiendo que no podía faltar a la clase de mates, me fui directa a la ventana a ver que me ofrecía el día.  Caía agua a cántaros. El sol, elemento indispensable en la nutrición de mi ánimo, había sido secuestrado por un ejercito de nubarrones tan negros como el tizón . Mi cuerpo protestaba su falta, hasta formar una bulla desproporcionada que, por experiencia, sabía se transformaría en una jaqueca de intensidad variable, que aletargaría mis sentidos y opacaría mi ánimo.


Para ahuyentar malos presagios, me puse en movimiento. El frío me aceleró. Tardé dos segundos en duchar, vestir y desayunar, para luego, sin saber porqué, permanecer largo tiempo, parada en la puerta  


¡¡Odio el invierno!!- pensé, mientras cerraba, con

un golpe brusco, la puerta del piso.


No sentía ganas de enfrentar la calle.  Estaba fea, oscura y me tocaba andar un trecho.  Para colmo de males, la maldita lluvia, viajaba a lomos de un viento cambiante, y  se divirtió conmigo, esquivando  mi paraguas, virándolo del revés, buscándome como diana.   Las calles eran estrechas y coches y motos tampoco me lo ponían fácil.  Parecían niños, jugando a pisar charcos, y nos  ametrallaban con agua embarrada de fango.


Llegué a la parada cinco minutos después. Arropados bajo su techo, variopintos personajes pasados por agua, esperaban el bus. Sus bocas se convirtieron en máquinas de insultos al tiempo, la lluvia, los autos...  generando una especie de complicidad. Necesitando que mi malestar se montara en mis palabras y abandonara voluntariamente a mi persona, descargué también yo en esa teterapia colectiva improvisada, mientras luchaba por devolver a mi paraguas su forma habitual.  Por pasar el tiempo, imagino, fije mirada en un viejecito que se excluía, voluntariamente de nuestra charla. El caballero RESPIRABA TRISTEZA. Sus hombros se encorvaban como si, sobre ellos, descansara el peso del Universo. Sentí que la vida le llevaba recio e imaginé que si andaba sería arrastrando sus pies, convencida que un paso debía pedír permiso al anterior para intentar avanzar.  Impactaba, el dolor con que respiraba. Tomaba aire a pequeños sorbos, como si sus pulmones no soportaran un buen trago de oxígeno.  Y de pronto, sin causar alarma, se.... ¡DIOSSSSS!! No se como pasó.... 

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Me desperté ahogada en sudores y...


Cogida aún por un mal sueño, me levanté como una autómata. Fue poner los pies en el piso y me asaltó un desagradable escalofrío que, a velocidad del rayo me atravesó. Sabiendo que no podía faltar a la clase de mates, me fui directa a la ventana a ver que me ofrecía el día.  Caía agua a cántaros.


Aquello era una repetición de la jugada y el universo de las sensaciones conspiraba para alertarme- pensé...  Y de inmediato, sin hacer  caso a la razón, que, junto a mi mamá, peleaba para que no faltara a clase, alegando unos trabajos a entregar, me quedé en casa y  me encerré en mi habitación. No os creeréis lo que hice: Cerré ojos, queriendo enderezar el sueño o quizás el destino de ese caballero que respiraba tristeza...  No se si lo conseguí, pero, por lo menos, que por mí no fuera...,




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