LINDA- HOUSE

Linda nos conocía bien. Nuestros viernes tenían la culpa...


Salía de la oficina, buscaba en el parqueo tu inseparable lada azul y montaba, sabiendo que de ahí a la luna había una distancia chiquita. Con la música como tercer pasajero, ponías el piloto automático hacia la panadería de Línea con Paseo . Siempre fiel a nuestros gustos, aunque sabíamos que eran unos salvajes y hacían los mejores dulces de La Habana, apostábamos sobre seguro: Pedíamos cuatro señoritas: dos de crema y dos de chocolate y continuábamos camino. Al llegar a Linda-house, parábamos relojes.

Algo me decía que en la vida, además de obligaciones, había ciertas licencias, donde se pausaba el tiempo y se construían los sueños. En la puerta de su casa dejábamos los problemas cotidianos y arreglábamos el mundo. Si señores, entre pasteles y sorbos de su delicioso pastel, a ritmo de buenas risas y charla inteligente, donde no faltaban nostalgias ni proyectos, renaciamos.


El último viernes antes de mi regreso a Madrid, conforme me despedía y cerraba la puerta del carro supe que pocas cosas extrañaría tanto de la Habana como esas tardes de café. Recuerdo que tú conducías en silencio. Mirabas de reojo como apretaba con fuerza, entre mis dedos, el regalazo de La Mima: Un trapito de ganchillo, cuadrado hecho por ella.


Cuatro años hace que marché. Quien me haya visitado en Madrid habrán podido ver en mi salón aquel trapito que no se empaquetó en cajas con el resto de la mudanza. Viajó en la maleta de mano, conmigo, porque lo vivido siempre ha de tener un lugar especial donde se cuece el presente, y Linda - house es un trozo de mi Habana que me niego a perder.

Fotografía_Más Pauli de Karsten Thormaehlen



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