EN CARRO POR LA HABANA

TOCABA MARCHAR. Sin querer concientizar miedos, arranqué el carro. Nunca me había gustado conducir de noche sola, y menos en una Habana donde la oscuridad y baches conforman sabor y tipismo, donde los semáforos y farolas alumbran de forma subjetiva e incoherente: un día SI - un día NO, un tramo SI, otro también.


La música que llevaba puesta era rica y pegajosa, pero la cambié por el temperamento y la fuerza de Tina Turner. Necesitaba, como compañera de viaje ,quien me ayudara a tener las neuronas despejadas.


Al bajar por G me adelantó uno de los amos de las calles de esta ciudad: un Chevrolet bicapa, con motores parcheados por torneros y mecánicos. Loco por conseguir pasaje, se me cruzó de carril sin previo aviso, para inmediatamente pegar un frenazo que, no se cómo, conseguí imitar. El motivo.... De la oscuridad apareció un hombrecillo, que sin encomendarse a Dios ni al diablo, cruzó la calle sin mirar, sin importarle si le arrollaban.



¿Qué viene un carro? -pensó, ¡QUE ESPERE!


Aquel señor, sin querer escuchar al conductor del almendrón, que se quedó lanzando improperios en su contra, siguió su camino, en una ciudad donde los peatones son dueños y señores de sus calles. Yo también marché y, al llegar a la casa , juro que lo primero que hice fue dar las gracias a Tina Turner por haber sido tan buen copiloto y haber mantenido despiertos mis sentidos.



Texto: Susana Monís Fotografía: Beatriz González

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